Aunque no hablemos de ello, está ocurriendo: una reflexión sobre Gaza


En este espacio, acostumbramos a hablar de Los 40 y su historia. Nos une la pasión por la radio y la música. Hoy, sin embargo, vamos a romper esa línea editorial. Lo hacemos por una razón que pesa más que cualquier algoritmo o nicho de contenido: el silencio nos hace cómplices.

Mientras nuestras vidas continúan, un drama humano de proporciones históricas se desarrolla a plena vista. En la Franja de Gaza, una población entera está siendo sometida a un sufrimiento que desafía las palabras. Y aunque este blog no sea un foro de política internacional, es un espacio humano. Y como seres humanos, hay realidades que no podemos ni debemos ignorar. Me da igual que alguien decida no volver por aquí por esta publicación, celebraré que así sea porque alguien que siga defendiendo lo que Israel está perpetrando en Gaza no es bienvenido.

La ofensiva militar de Israel en Gaza, iniciada como respuesta a los brutales ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, ha alcanzado un nivel de devastación que ha llevado a un número creciente de expertos, juristas y organizaciones internacionales a utilizar un término cargado de historia y horror: genocidio.

La anatomía de una acusación

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 define el genocidio como cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal:

a) Matanza de miembros del grupo. b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo. c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial. d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo. e) Traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo.

Quienes sostienen la acusación de genocidio contra Israel argumentan que sus acciones en Gaza cumplen con varios de estos criterios. Señalan el abrumador número de víctimas civiles, que incluye a miles de mujeres y niños; la destrucción sistemática de infraestructuras críticas como hospitales, escuelas y universidades; el desplazamiento forzado de la inmensa mayoría de la población; y el bloqueo de ayuda humanitaria, que ha provocado una hambruna generalizada y la falta de acceso a agua potable y medicinas.

Relatoras especiales de las Naciones Unidas y comisiones de investigación de la ONU han acusado a Israel de cometer crímenes de lesa humanidad y de actos que podrían constituir genocidio. El caso más sonado es la demanda presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), el máximo tribunal de la ONU, acusando a Israel de violar la Convención sobre el Genocidio. En sus fallos provisionales, la CIJ ha ordenado a Israel tomar todas las medidas posibles para prevenir actos genocidas y ha exigido la detención de su ofensiva militar en Rafah, reconociendo el riesgo plausible de genocidio.

Las declaraciones de altos funcionarios israelíes, que han hablado de «animales humanos» y han prometido convertir Gaza en un «infierno», son también presentadas como prueba de una intención genocida.

La postura de Israel y los contraargumentos

Israel rechaza vehementemente la acusación de genocidio, calificándola de «infundada» e «hipócrita». El gobierno israelí sostiene que su operación militar es una guerra justa y necesaria en defensa propia contra Hamás, una organización que considera terrorista y cuyo objetivo declarado es la destrucción de Israel.

Las autoridades israelíes afirman que toman medidas para minimizar las bajas civiles, como el lanzamiento de panfletos y el envío de mensajes de advertencia antes de los bombardeos, y culpan a Hamás de la alta cifra de muertos al operar desde zonas densamente pobladas y utilizar a los civiles como escudos humanos. Israel argumenta que su objetivo no es destruir al pueblo palestino, sino erradicar a Hamás para garantizar su propia seguridad. Asimismo, consideran que el uso del término «genocidio» es una instrumentalización cínica del trauma histórico del pueblo judío.

El peso de nuestro silencio

En medio de la complejidad legal y la polarización política, una verdad incómoda emerge: la catástrofe humanitaria es innegable. La población civil de Gaza, atrapada en un conflicto que no eligió, está pagando el precio más alto. Familias enteras han sido aniquiladas, el futuro de una generación pende de un hilo y el tejido social de una comunidad está siendo pulverizado.

Es aquí donde nuestro silencio se vuelve ensordecedor. La historia nos ha enseñado que las grandes atrocidades rara vez ocurren en secreto. A menudo suceden a la vista de todos, amparadas en la apatía, la indiferencia o el miedo de la comunidad internacional. Cuando nos decimos a nosotros mismos que «es demasiado complicado», que «no es nuestro problema» o que «no podemos hacer nada», estamos contribuyendo a un entorno que permite que la injusticia prospere.

Romper el silencio no significa tener todas las respuestas ni adoptar posturas simplistas. Significa reconocer el sufrimiento humano. Significa defender la primacía del derecho internacional y los derechos humanos para todos, sin excepción. Significa informarse a través de fuentes fiables, escuchar las voces de las víctimas y exigir a nuestros representantes políticos que actúen con coherencia y humanidad.

Este artículo es una interrupción, una pausa en nuestra normalidad para mirar de frente una realidad que nos interpela a todos. Porque cuando se trata de la posible comisión de un genocidio, no hay posturas neutrales. El silencio no es una opción; es una toma de partido. Y la historia juzgará con dureza a quienes, pudiendo hablar, eligieron callar.

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